Carlos Penelas | El deber anárquico

| Erosión #1 (segundo semestre de 2012)

El poder corrompe siempre. Mixtifica y aparenta, a veces, desaparecer. El tiempo se transforma en degradación o cataclismo. Hay un intercambio de lugar y de ocultación de elementos. González Prada escribió a principios del siglo XX que “no hacemos la apología de la especie humana”, En estas coordenadas la inserción virtual del tiempo en la visión del objeto es ambigua. Hay un tiempo para nada. Generación tras generación jugando al Gran Bonete, estructurando hombres imbéciles, pueblos sin conciencia sometidos a líderes, héroes populares de baja estofa, por el juego o el alcohol. Es fácil: una educación absurda, una cultura de excluidos, una sociedad que reconoce la hipocresía y el crimen desde el egoísmo. De ahí que vemos el mundo según el Poder nos dice que es: apreciamos la vida según el espectáculo onírico o irracional que nos presenten. Los dioses nuevos que quieren entronizar son dioses que aún no hemos vencido. De allí la importancia de La Orestíada de Esquilo, que nos permite comprender con claridad que la historia es fluida, al servicio de los hombres. En ella encontraremos, como afirma Roland Barthes, “una marcha de la historia, un levantamiento difícil pero indiscutible de las hipotecas de la barbarie, la seguridad progresiva de que el hombre es el único que posee el remedio de sus males…”


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