Editorial #2: ¿Crisis de representatividad?

En los últimos años, a propósito de la crisis económica y del movimiento de los indignados surgidos principalmente en Europa, ha cobrado cada vez mayor fuerza la idea de que el mundo cruza una importante crisis de representatividad. Se nos ha hecho ver que el ciudadano contemporáneo reniega de las viejas formas de participación acusando el desgaste de éstas en manos de la clase política y un modelo con profundas contradicciones,  negándoles así, a modo de revancha, su voluntad popular.

"Equality", de František Kupka (1902)
“Equality”, de František Kupka (1902)

En el contexto chileno, aún cuando la crisis económica no parece tener mayor resonancia, el resto de las circunstancias parecen ser similares, la reactivación de movimientos sociales y las altas cifras de abstención electoral, han llevado a honorables opinantes a sostener que el país también cruza una crisis de representatividad. Acto seguido, los análisis se centran en la posibilidad de reemplazar urgentemente el sistema político nacional, condensado en la Constitución Política, como si de aquello dependiera la solución de todos los problemas de la población y, más aún, su relación con la política. Es ahí cuando surge la pregunta: ¿En qué consiste realmente esta crisis de representatividad?, ¿es realmente un fenómeno nuevo?, ¿ha existido un momento sin crisis en el modelo político de la democracia representativa?

Si volvemos sobre la idea de que dicha crisis se inaugura con el estallido de los movimientos sociales y la alta tasa de abstención electoral, debiéramos suponer que siempre ha existido crisis, pues la historia chilena ha estado marcada por movimientos sociales que han impulsado grandes transformaciones a nivel político, social y cultural, (trabajadores, pobladores, campesinos, mujeres, pueblos originarios) y las tasas de abstención, ya sea voluntaria o por  carencia  de derechos para inscribirse en los registros electorales siempre existió, ejemplo de aquello han sido en distintos momentos los analfabetos, los no propietarios, las mujeres, los jóvenes y más.

Desde una óptica libertaria estos síntomas de crisis no son nuevos, nacieron con la democracia liberal, dado que ésta, en tanto representativa, es fundada sobre la delegación de las decisiones, la negación de la libertad y la renuncia de la soberanía individual, generando de este modo inevitables tensiones en su interior. De tal forma, no ha existido prácticamente ocasión en que tras este modelo de organización política no haya quien denuncie exclusión, injusticia y corrupción. La crisis, entonces, ha sido parte de su esencia.

El fenómeno actual, aún cuando pueda expresar un cambio de paradigma de lo que hasta aquí se ha entendido por ciudadanía, no sería más que una de las tantas manifestaciones de su incoherencia con la sociedad, que a propósito de la masificación de los medios virtuales y la crisis económica, solo se ha vuelto más visible.

Como anarquistas debiéramos comprender que cualquier tipo de medida surgida para subsanar las contradicciones del diseño y que no rompa con la condición autoritaria natural del modelo de representación, no puede significar más que un retoque estético pasajero e incluso una oportunidad para su perfeccionamiento, así desde las medidas más humildes a las más ambiciosas que no tengan como fundamento su negación, corren el riesgo cierto de asumir un rol funcional para mantener el status quo.

Ahora bien, el resurgimiento de los movimientos sociales y el avance de una cultura crítica, sumado a las ventajas de las nuevas herramientas, debiera contemplarse como una oportunidad con nuevas variables, para reasumir la eterna denuncia anarquista del secuestro de la política por parte del Estado. De ahí que debemos cuestionarnos con cierta urgencia: ¿Qué función debemos realizar los anarquistas? ¿Es necesario insistir en el anarquismo como solución, como teoría política definida, como un programa que resolverá los problemas de nuestra condición actual? En ningún caso: hemos aprendido que no existen movimientos políticos con la claridad necesaria para elaborar una fórmula que transforme nuestro contexto, ya que la sociedad es un conjunto muy complejo de relaciones, niveles y caracteres, así como una construcción de poderes que separan la política de la comunidad y hacen de la economía un flujo de mercancía a su favor ¿Cómo el anarquismo, entonces, podría elaborar una forma única de actuar, si agregamos a esto último su heterogeneidad? Es necesario, quizás, derribar algunos mitos que han permitido perpetuar el modo de concebir la política para reflexionar sobre nuestra función como anarquistas: no tenemos solución, no esperamos construir un paraíso y creemos que la heterogeneidad, la diversidad de visiones, es una característica positiva para la transformación social.

En este sentido, la idea anarquista ha de pensarse como un método, no como una ideología definida. Un método, una forma de hacer libre, donde no importa la solución, sino el modo en que realizamos nuestra viva individual y colectiva, y que consiste básicamente en que la política es la expresión de la responsabilidad social, y no la pérdida de ésta. Por esta razón, pensamos, por lo menos, en dos tareas que vuelven sobre la necesidad de la idea y la práctica: es menesteroso insistir en la idea anarquista para ampliar el imaginario social y político. No se trata de “cambiar conciencias”, pues eso contiene un marcado halo autoritario, la idea preconcebida de que estamos en lo cierto. Se trata, más bien, de hablar sobre los anarquismos, de las ideas que pueden aportar a la situación actual, de sus diversas expresiones, lo que hay en común entre ellas y lo que las diferencia, y, sobre todo, el modo en que se pone en tensión la Idea con los hechos. A partir de esto, pensamos en la práctica, en el modo en que las ideas libertarias se miden con la realidad. El transcurso del anarquismo social a lo largo de los tiempos ha demostrado que, ante todo, contiene ideas interesantes para el desarrollo de las comunidades dentro de un contexto de relaciones igualitarias y justas. El detalle indispensable es el entusiasmo y el trabajo diario por estos proyectos, los cuales pueden ir desde la conformación de grupos de consumo, hasta la consolidación de proyectos educativos que aporten al desenvolvimiento integral de los individuos.


En este contexto ¿Por qué publicar Erosión? Sabemos que la presencia de las ideas anarquistas en el panorama social y político es aún escasa. Se tienen algunas ideas, las caricaturas de siempre, los turistas que disfrutan ser revolucionarios para luego desaparecer. No obstante, no es necesario que seamos una masa. No esperamos convencer a nadie, ni pensamos que sea una condición ineludible que todos y todas sean anarquistas para transformar nuestro entorno. Muy por el contrario. Lo que propone este número de Erosión, al titular sus artículos como “Historias, expresiones y propuestas anarquistas”, es pensar en el anarquismo como una instancia donde se encuentra el pensamiento y la acción, en un camino que reflexiona y avanza, que hace y aprende: los momentos de la vida social cuando pensamos, proponemos y luego hacemos. Todas las ideas son para realizarse fruto de la proposición y no de la imposición.

Por este motivo es interesante presentar personajes que abogaron por el ideal, experiencias donde floreció la idea anarquista, propuestas para pensar nuestras relaciones actuales. Una multiplicidad de formas, dimensiones distintas y condiciones diferentes, donde el modo de hacer anarquista fluye porque, simplemente, es posible.


Este segundo número de Erosión tiene una clara diferencia respecto a la primogénita edición. En nuestra editorial anterior lo advertimos: la estructura física aún no está decidida. Gracias al activo trabajo que llevamos con la Editorial Eleuterio hemos logrado tener mayor claridad en varios aspectos gráficos, lo que hoy se concreta en este nuevo formato de Erosión.

Esta nueva entrega ha sido fruto de un largo trabajo, durante el cual han cooperado numerosos individuos. Agradecemos afectuosamente a cada uno de ellos: a Frank Mintz, Hugues Lenoir, Rodrigo Quesada, Capi Vidal y Roberto Ojeda por su compromiso e interés hacia esta naciente publicación; a Melissa Feritto por su excelente trabajo de traducción; a Camilo Terán, por la dedicación al ilustrar; a John Bouvery por su incondicional ayuda; a nuestros amigos de la Biblioteca Terra Livre y de LaMalatesta por mantener el compañerismo a pesar de las distancias.

Seguimos caminando juntos y juntas.

Salud.

Grupo Gómez Rojas. Marzo de 2013.

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